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Yangshuo: el paraíso de agua y montañas

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Desde pequeño siempre había soñado con visitar ese paisaje de montañas como pilares que aparecía en la entradilla de Dragon Ball. Por eso, cuando vine a vivir a China me aseguré de que en mis primeras vacaciones nos acercásemos a Guilin, ciudad en cuyas cercanías se extiende un entorno natural muy similar al que yo guardaba en mi sesera.

En China hay un dicho muy famoso que reza: “El paisaje de Guilin es el primero bajo el cielo, el paisaje de Yangshuo es el primero de Guilin” (桂林山水甲天下,阳朔山水甲桂林). Y aunque a veces las altas expectativas acaban siendo la primera causa del chasco, en este caso, tengo que decir que la experiencia superó con creces lo que me había imaginado. Y eso que mi novia, que ya había estado allí el verano anterior, me enseñó mil fotos y vídeos de lo más envidiable.

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A mi modo de ver, Yangshuo es uno de esos lugares realmente inabarcables para cualquier amante de la naturaleza. En mi caso, por lo menos, y pese a que llegué allí con la piel achicharrada por el sol de la meseta tibetana, lo cierto es que pasé los tres días con una sonrisa de oreja a oreja.

Incluso el propio pueblo de Yangshuo, aun con la gran cantidad de turistas que puede llegar a concentrar, resulta un lugar curioso y divertido que se puede disfrutar a modo de “campamento base” sin que los comerciantes te hagan sentirte reducido a la figura de un mono con cartera.

No obstante, como vengo diciendo, lo realmente alucinante de Yangshuo son sus montañas, sus ríos, y la gran cantidad de actividades al aire libre que se pueden disfrutar en sus alrededores (entre ellas la escalada, para los que se atrevan).

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El primer día que pasamos allí, decidimos alquilar unas bicis y recorrer uno de los circutios del río Yulong, de unos 25 kilómetros, más o menos. Yo me imaginaba que, al ser pleno julio, la vía estaría llena de visitantes como nosotros, pero incluso con el buen tiempo que nos tocó, apenas nos encontramos con otra cosa que campesinos durante la mayor parte del trayecto. Y aunque al cruzar alguna que otra aldea vimos pequeños comercios, y hasta “galerías de arte” claramente dedicadas a los turistas, daba la sensación de que allí la mayoría de la gente seguía viviendo de lo que les ofrecía la tierra y el río.

Hacia la mitad del camino nos cayó un pequeño chaparrón subtropical, y nos resguardamos en una casa en obras, hasta que unos campesinos nos invitaron a tomar algo en una especie de tienda/sociedad donde estaban pasando la tarde. Como suele ocurrir en muchas zonas rurales de China, buena parte de los niños que vimos estaban en compañía de sus abuelos, y no de sus padres, quienes probablemente se habrían marchado a la ciudad a por trabajo. Y aunque a los turistas nos resultase fácil expresar envidia por el entorno natural que disfrutan los locales, la verdad es que la calidad de la infraestructura y los servicios que disfrutaban dejaba mucho que desear.

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Pero bueno, la vida sigue su curso, y así lo hicimos nosotros sobre nuestras bicis de alquiler. Por lo demás, la ruta hasta el famoso puente Yulong fue una gozada, incluso cuando las ruedas se nos llenaron completamente de barro y tuvimos que limpiarlas en un arroyo para poder seguir. Una vez en el puente, que ofrece una panorámica espectacular (aunque mis fotos apesten), no me pude resistir y me di un chapuzón en el río, que bajaba algo achocolatado por la lluvia, aunque sus aguas estaban a una temperatura ideal.

Por cierto, a los que os animéis a hacer el mismo recorrido, os aconsejo que os llevéis un mapa, pues aunque es más o menos sencillo orientarse a la vista del río, os encontraréis con unos cuantos cruces de caminos sin indicaciones y sin gente a la que preguntar. Nosotros nos las arreglamos bastante bien hasta volver a la carretera general, aunque, paradojas de la vida, fue sobre el asfalto donde nos perdimos.

Según parece, no entendimos del todo a un campesino al que preguntamos en un cruce, y en lugar de seguir por la carretera general, por donde hubiésemos llegado en una hora, nos liamos por una pista de montaña interminable. Después de más de una hora pedaleando con la lengua fuera, y la noche ya encima, a algún casero se le ocurrió que debíamos andar perdidos, y nos recomendó volver al cruce y seguir por la carretera general si no queríamos pasar toda la noche sobre la bici.

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Y dado que nuestras bicis no tenían luces, y sólo una de ellas contaba con un pequeño reflector, la verdad es que el tramo final, a oscuras, y por una carretera con bastante tráfico, resultó algo inquietante. Vamos, que pasé más miedo que Pinocho en Bricomanía. Así pues, a lo dicho: un mapa a mano y así nos olvidamos de problemas.

El plan para el segundo día arrancó desde el mismo puente de Yulong, donde embarcan las almadías de bambú de los famosos descensos sobre el río. Fue entonces cuando nos dimos cuenta del por qué de los camiones que vimos remontar el río cargados de bambú. La verdad es que nos llamó un poco la atención que tuviesen que montar y desmontar las almadías, unidas mediante alambres de acero, para cada nuevo descenso, pero supongo que es parte del esfuerzo a realizar por tener a los turistas contentos.

Cuando vivía en mi Bera natal ya disfrutaba mucho de los descensos por el Bidasoa (en inflables, no os creáis) que organizaba con mis amigos corsarios durante el verano. Además, siempre me ha gustado mucho bañarme cual manatí tanto en ríos como en el mar. Pero la bajada de casi tres horas que nos ofreció aquel almadiero de Yangshuo fue algo que nunca olvidaré, y que espero poder repetir en breve.

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A cambio de unos 30 euros más que merecidos, algo más de lo que cuesta el viaje “estandar”, el almadiero comenzó su faena empujando río arriba, hasta llegar a los dominios de un precioso puente olvidado por los tiempos modernos.

El agua estaba tan limpia y agradable que ni mi novia, quien no sabía nadar, se resistió a sumergirse un rato. Tras regresar del pequeño tramo río arriba, que realizamos sin cruzarnos con otra almadía, comenzó la parte más “activa” del descenso, con varias batallas de pistolas de agua contra los integrantes de otras almadías.

Otro momento bastante divertido llegó al bajar las dos o tres presas que cortan el río en su descenso, donde siempre aguarda un puesto de fotografía en el que adquirir, a cambio de un módico precio, esa instantánea en la que luces tu expresión más simiesca.

Sin embargo, también hubo muchos momentos para apreciar el entorno como parte de la rutina de trabajo de sus habitantes, salpicado por pacientes pescadores, y por dóciles bueyes de agua, como aquel sobre el que viajaba el místico Lao Tsé.

Ni siquiera el final del trayecto en almadía supuso dejar de disfrutar, ya que en las orillas del río había una gran afluencia de jóvenes granjeros llegados para jugar y refrescarse en el agua.

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El tercer día participamos en una especie de rafting de montaña de lo más excitante, aunque transcurría sobre un río cuyo lecho había sido transformado al estilo de una atracción digna de parque temático. No me quiero ni imaginar los daños que habrían causado a las especies que habitaban el río con tal de sacarle provecho económico. Pero bueno, supongo que de algo tiene que vivir la gente, y es cierto que esta zona del país no es precisamente propicia para el desarrollo económico.

En cualquier caso, fueron tres días tan increíbles que hasta nos planteamos la posibilidad de probar suerte como profes de idiomas en los alrededores. Sin embargo, una vez más, tras la furia del momento se nos presentaron todos esos factores que nos atraen a la vida urbana y nos alejan de los cada vez más amenazados paraísos naturales, como los que reinan en los alrededores de Yangshuo.

Comments

  1. No fuiste el único que se perdió por los alrededores del Yulong… es increíble que no haya ningún tipo de indicación. Nosotros solo nos cruzamos con un par de campesinos (a los cuales tuve que preguntar en mi muy humilde chino y a los que a duras penas entendía) y que nos enviaban en la dirección contraria a la que nos mandaba el anterior, de coña. Muy al final, nos encontramos con otros laowais que nos dijeron que habían cogido una balsa para cruzar el río pero se volvieron con nosotros al vernos llenitos de barro (los caminos son horribles y acababa de llover). Ahora nos reímos, pero en el momento…

    • Hehehe, me río sólo de imaginarlo. Nosotros también acabamos de barro hasta arriba, pero aparte de la vuelta a oscuras por la carretera general, fue genial. En el río me lo pasé como un crío. A ver si la próxima vez me llevó a algunos de la cuadrilla, sería la bomba.

  2. Hay una zona en cuba que me recordaba a aquella zona de china tan verde y con tanta agua que no se como se llamaba.
    Ahora se como se llama, pero no se si se me volvera a olvidar.

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