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El largo camino de regreso al hogar

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Con lo pesado que he sido durante la última semana, en la que casi llegué a escribir un post por día, quizás algunos esteríais pensando: ¿qué le habrá pasado a Jabiertzo, que hace días que no cuenta nada? Pues no me ha pasado otra cosa que lo que les ocurre a millones de chinos cada año nuevo lunar, cuando vuelven a sus pueblos y ciudades natales para celebrar esos días señalados junto a su familia.

En realidad mi novia podía haber completado la visita anual sin mí, pero como ya iba siendo hora de que alcanzáramos un poco más de compromiso familiar, esta vez la he acompañado durante el viaje de más de 2000 kilómetros que separa la norteña Changchun de su pequeño pueblo perdido en en el interior de Hubei.

Cierto que podríamos haber viajado en avión hasta Yichang o Wuhan, y ahorrarnos así un buen número de horas de viaje, pero los que me conocéis mejor ya sabéis el miedo que me produce volar, y tampoco hay que olvidarse de que en China tomar un avión resulta bastante más caro que viajar en tren (nos hemos ahorrado 2000 yuanes incluyendo la noche de hotel en Wuhan).

De todos modos, puestos a participar en uno de los mayores movientos migratorios del planeta, nos apetecía hacerlo del modo en que lo hace la mayoría de personas en China: acompañados del romántico “chacachá” y “chuchú” del tren.

Sin embargo, a pesar de que mi novia se pasó horas intentando reservar los billetes de tren más económicos, que ofrecen una experiencia más “auténtica” en el sentido aventurero, al final no nos quedó más opción que reservar asientos para recorridos de alta velocidad, bastante más caros, aunque también mucho más cómodos si uno no es muy amigo de dormir en el tren.

En cualquier caso, a pesar del agobio y los inevitables contratiempos surgidos durante el recorrido, el simple hecho de participar del ajetreo y el gentío que abarrota las estaciones de tren durante estos días ha supuesto una experiencia de lo más interesante para mí, y más aun teniendo en cuenta la cálida acogida que me ha ofrecido la familia de mi novia en la humilde Dangyang.

Aquí os dejo unas fotos del viaje dividido por etapas por si os apetece echarles un vistazo. Espero que perdonéis la mala calidad de algunas de ellas, sacadas por un fotógrafo bastante chapucero en condiciones no aptas para novatos.

Primera etapa: Changchun – Pekín:

6 horas y media en tren de media-alta velocidad.

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A las 5 de la madrugada, con mucho frío y pereza para comenzar el viaje.

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La sala de espera VIP, no es para nosotros.

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Despedida de Changchun bajo el sol de la mañana.

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Caras de cansancio en Pekín.

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Los que viajan en peores condiciones, o simplemente no tienen otro lugar donde dormir.

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Segunda etapa: Pekín – Wuhan

6 horas en tren de alta velocidad.

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Tercera etapa: Wuhan-Dangyang

2 horas en tren de alta velocidad y una hora de “autobús” por autopista.

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Para cuando llegamos a la estación de Yichang ya apenas quedaban viajeros en el vagón

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Por fin en casa, sonrientes a pesar de la paliza.

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Como podéis apreciar en esta última foto, la esperada llegada a Dangyang ha supuesto para mí un re-encuentro muy esperado con mis viejas amigas, las longanizas chinas, que como ya expliqué en otras entradas, han resultado ser un elemento de conciliación cultural chino-ibérico del más alto nivel.

Los que os hayáis quedado con ganas de algo con más chicha, quizás encontréis algo a vuestra medida en mi post sobre aquel fatídico viaje que realicé desde Wuhan a Yichang hace ya dos años, pero os aviso de que no es un relato apto para escrupulosos.

Y para despedirme, os dejo esta instantánea sacada con algunos miembros y amigos de la familia materna de mi novia, para que veáis que eso de integrarse en la sociedad china no es una hazaña tan difícil como pintan algunos (o eso es lo que me parece por ahora).

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