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Capítulo 1: La calma antes de la tempestad

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A principios del año 2011, servidor era un doctorando de modelo antiguo (sin necesidad de realizar un máster) becado por la Universidad Pública de Navarra, y más o menos a salvo de los estragos de la crisis económica que comenzamos a notar en 2008.

De la memoria de aquellos primeros años de tambaleo y declive económico y social, conservo  algunas escenas de mi ambiente más cercano que no me convendría olvidar.

Entre ellas está el recuerdo de haber presenciado como embobado los actos de protesta semanales de los trabajadores de Fundiciones de Bera, la fábrica más vieja de nuestro pequeño e idílico pueblo, en donde yo mismo me había sacado los cuartos un par de veranos universitarios.

Pero sobre todo me queda el rastro de las conversaciones que solíamos tener los amigos de la cuadrilla con los veteranos del barrio, en las que estos últimos se lamentaban de lo mal que se nos habían puesto las cosas a los jóvenes.

Como algunos otros con el culo a salvo por una un par de años más, yo casi me regocijaba en el mantra de lamentaciones de aquel ambiente crítico-catastrofista, esperando que saliera algún patético “está todo perdido” o incluso el mítico “no somos nada”, que no dejan de ser más que un pretexto para abrazar la dejadez y abandonar la lucha por una vida mejor.

Además, contaba con un plan de salida consistente en una estancia de un año en la Universidad de Georgetown, donde se supone que un gran investigador de origen zaragozano me iba a tomar como pupilo para el desarrollo de mi tema de investigación doctoral.

Para mí todo estaba bien atado. Tenía una novia genial con la que llevaba cerca de cinco años saliendo, cobraba un salario medio trabajando por mi cuenta, y tenía una oportunidad de crecer profesionalmente nada menos que a través de una de las mejores universidades americanas.

Sin embargo, todo aquel ambiente de seguridad desde el que yo lanzaba mis “ya os lo dije”, se fue a hacer mierdas en una especie de descacharramiento de expectativas dividido en dos entregas sucesivas, cada cual más irritante.

Para empezar, y sin que yo apenas lo hubiera previsto, mi novia de 23 años me dejó por otro hombre de edad, nivel de estudios y profesión tan dispar que apenas me lo podía creer. Amor romántico de los de película, vamos. También es verdad que ella llevó muy mal el par de estancias de 2 o 3 meses que hice en el extranjero durante los dos últimos años, a pesar de que yo nunca le fui infiel en ningún momento, y aunque en un principio ella planeaba venir a Estados Unidos conmigo, finalmente resultó ser un plan que no estaba dispuesta a seguir.

Aparte de ello, hay que tomar en cuenta mi carácter burril, que me hace ser una persona muy buena cuando me rascan las orejas o me ponen una buena zanahoria para comer, pero con el inconveniente de que me puedo poner a rebuznar y dar coces sin previo aviso en cuanto se me cargue un saco más de lo previsto o me tiren del rabo sin pedir permiso.

Pasaron unos meses mientras trataba de digerir la ruptura, para lo que me ayudaron mucho los colegas del barrio, que aunque sigan aterrorizando a alguna que otra abuela con prejuicios, son todos unos cachos de pan. Pero aún con todo lo que me animaron, todavía me notaba bastante más irritable de lo normal, e incluso tuve que ponerme a hacer algo de yoga y meditación para que me pudieran aguantar en casa.

Por otra parte, como joven proto-funcionario, ya empezaba a inquietarme un poco más por las amenazas de recortes que se avistaban en el horizonte, lo que suponía un peligro bastante serio para alguien que ha estudiado una carrera con tanta “salida” como yo.

Pero aún con todo ello, todavía contaba con la salvaguarda de mi estancia en Georgetown, con la que esperaba poder “dar el salto” que aseguraría el avance de mi carrera como investigador, así que no había razones serías para desesperarse.¿O quizás sí?

Lo cierto es que, durante mis momentos de asno reflexivo, en ocasiones me entraban ciertas dudas incómodas acerca de la viabilidad de dicha estancia. A fin de cuentas, si mi investigación trataba sobre la relación entre los valores éticos tradicionales y el desarrollo económico de China, ¿no era más lógico que fuera directamente a China y realizar un trabajo de campo en lugar de ir a Georgetown a leer libros escritos por otros autores sobre la misma cuestión?

De hecho, yo ya le había planteado esta cuestión a mi director de tesis en varias ocasiones, pero él siempre me convencía contándome lo bien que le había ido a él de joven en Nueva York y los mucho que mereció la pena por todo lo que aprendió.

Después de varias conversaciones tranquilizadoras, finalmente dejé de preocuparme sobre el tema y comencé a prepararme para el viaje y a permitirme imaginar un poco más en serio mis aventuras por Estados Unidos. El plan se había convertido en mi ilusión del día a día, y ya apenas me cortaba a la hora de darles la lata a familiares y amigos con el tema. Hasta que llegó aquel fatídico día y todo se fue a hacer gárgaras por segunda vez.

Conste que considero a mi director de tesis como una gran persona, y que pienso en él como alguien me ha prestado su ayuda siempre que la he necesitado, pero tengo que admitir que todavía me sube la sangre a nivel de ebullición cuando me acuerdo del momento en que me llamó por teléfono y me dijo que nuestro enlace en Georgetown había reculado sobre la “posibilidad” de que disfrutara de la estancia que habíamos planeado.

Confirmando mis recurrentes sospechas, nuestro contacto nos explicó que China ya empezaba a tener departamentos de sociología más potentes, y que no merecía viajar a Estados Unidos para conocer las últimas investigaciones sobre el tema, cuando el verdadero interés estaba en investigar directamente la realidad social de China.

Si la noticia me hubiera pillado unos cuantos años atrás, quizás me hubiera dejado paralizado y deprimido por el batacazo que suponía, pero en ese momento, estando ya hecho a la idea de salir al extranjero para una buena temporada, opté por agarrarme a la alternativa recién recibida como a un clavo ardiendo, y ponerme a trabajar contrarreloj en un proyecto de investigación empírica para China.

En ese momento, mi director de tesis reaccionó con cierta preocupación, sospechando, con buena parte de razón, que me había lanzado a galopar en una travesía sin haber preparado el equipaje necesario. Sin embargo, yo ya me había hecho a la idea de pasar una buena temporada en el extranjero, y ya fuera por orgullo, por cabezonería, o por propio convencimiento, no paré hasta elaborar un proyecto capaz de convencer a mis superiores.

Sin embargo, hablando figurativamente, dentro del mundo académico, que un joven asno silvestre como yo consiga convencer a algún pegaso de altos vuelos no significa que le quede vía libre para triscar a su antojo en el vasto campo de la investigación social. No señor. Y es que todavía tendría que atravesar los inquietantes y tenebrosos pastos de las mulas burrocráticas, y eso, queridos amigos, implica hacer frente a una combinación de trotes, quiebros, carreras de fondo e incluso dentelladas que no todos están dispuestos a aceptar.

Para empezar, aunque es posible que a muchos pegasos de esos no les importe un bledo cómo investiguen sus súbditos cuadrúpedos mientras acaben dándoles las razón en sus conclusiones, a las mulas burocráticas eso se las repampinfla, y no dudarán en mostrar los dientes si sospechan que alguno pretende hacer uso de su preciada alfalfa sin dar explicaciones completas y detalladas de lo que pretende hacer con ella.

En mi caso, y dado que el disfrute de las dietas que yo recibía estaba sujeto a mi permanencia en las fincas navarricas, no sólo tuve que lidiar con las mulas de los establos menores, sino que además tuve que bajar las orejas ante la mula mayor del departamento de investigación, quien finalmente no sólo me aprobó el permiso de salida, sino que además me permitió disfrutar de alfalfa extra durante 10 meses de estancia.

No obstante, aunque el logro de los permisos y las ayudas supuso un periplo bastante complicado, tengo que admitir que aquella travesía por el dominio de las mulas navarras pareció casi un paseo en comparación a lo que me esperaba en los terrenos de sus homólogas chinas, menos atrevidas a la hora de cocear, pero tercas hasta límites insospechables.

También es posible que la relativa facilidad con la que obtuve el permiso se debiera al creciente interés de los asnos supremos del gobierno en ir enviando jóvenes pollinos al extremo oriente, aunque tales facilidades se verían drásticamente reducidas a medida que se recrudecieron los problemas de la piara de las finanzas.

Y fue así como finalmente me las alegré para salir más o menos airoso de la tempestad que me sacudió durante el verano de aquel oscuro 2011. Con el viento en popa y a toda vela, me dirigía a la milenaria China habiendo convencido a los de mi alrededor sobre la necesidad del viaje, aunque intuyendo, con una sensación de cagalera creciente, el berenjenal en el que me había metido.

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